
La flor extraña al viento, que ha dejado de visitarla desde hace mucho tiempo; extraña su suave caricia, cuando el sol estaba por ocultarse; el ligero soplo de su cálido aliento desde la raíz y el tallo, hasta la punta de cada pétalo. Extraña la leve brisa, el lento roce de su presencia, que jugaba con ella, con tierna inocencia, y extraña cómo le daba vida hasta lo más oculto de sus entrañas… Lo irónico es que en sus andares, el viento también la extraña…